Decíamos hace casi 10 años..
Es por ello que, más que nunca, la frase con la que Ramón Trecet coronaba sus "Diálogos 3" es absolutamente vigente en un estilo de vida dominado por las prisas y la inmediatez, matando el gusto por el fuego lento, los mensajes de calado hondo y el arte con mayúsculas.
Sin embargo, si retomamos singladura, no es para lamentarnos. Un viaje a Asia fue el detonante hace casi 9 años de este blog, y de nuevo otro viaje a aquel continente vuelve a revivirlo. ¿Y porqué? Porque Japón, último destino, un país lleno de tecnología, mega urbes y prisas, es el testimonio vivo de que en el mundo actual hay cabida para el gusto por la estética, la belleza sin premuras y la reverencia por el arte y los artistas. Este blog comenzó para llamar la atención y comentar aquellas manifestaciones donde encontrábamos que la belleza brillaba con luz propia, y es esto exactamente lo que vamos a hacer.
El viento se levanta (y el alma también..)
La historia se centra sobre Jiro, el diseñador de los cazas japoneses, los llamados zero, que participaron en la segunda guerra mundial, y sobre su pasión por la aeronáutica. Sin embargo, esto no es una crítica de cine, sino de emociones. Así que hablemos de ellas.
Una de las cosas que se agradecen mucho es el ritmo sin prisas en contar la historia, al Adagio de la música de Joe Hisaishi, pero donde en cada momento ocurren cosas. La música requiere comentario aparte. Hisaishi es un compositor muy conocido en Japón, capaz de llenar el Budokan (estilo Deep Purple) con 15.000 personas al frente de una orquesta sinfónica, pero absolutamente desconocido fuera de sus fronteras. Hisaishi apuesta en sus bandas sonoras por un tema musical que predomina casi de forma única a lo largo de la película; va más allá del clásico leit motiv conocido en Opera y en el cine de nuestros días. Es por eso que acertar en el tema principal es vital en la construcción de la banda sonora y en la factura final de la película. En este caso, la apuesta acertadísima es un tema principal con aires italianos (como el personaje con el que sueña Jiro, el protagonista) La facilidad y el talento de Hisaishi por las melodías como ésta le ponen a la altura, para mi gusto, de un Ennio Morricone.
A pesar de todo esto, lo más sobresaliente no es la historia, que engancha, con drama final incluido, ni la música, ni el ritmo, sino la voluntad de Miyazaki de emocionar con la belleza visual y plasticidad de cada plano. La película no pierde ni una sola ocasión de regalar un momento de belleza, hasta en planos que pueden parecer de transición. Además, la película está hecha sin la intervención de la animación por ordenador, y se nota. Los colores y las texturas que consiguen en un amanecer soleado o en la escena dramática del terremoto de 1923 son únicos y emocionan por sí mismos. Se encuentran en algún punto entre lo infantil y lo más profundo del alma humana.
El conjunto final es una película que levanta el alma y hecha con la voluntad de emocionar con pequeñas cosas.
Como decía no se trataba de hacer crítica de cine, sino sencillamente hacer crónica de emociones.
Esperemos que en esta ocasión la singladura sea larga y productiva en lo que a encontrar y compartir belleza se refiere.
Hasta pronto.
Javier


